inmensia |
El Pecado de los Dioses
Juan Mellado, 14 Noviembre, 2010 - 09:58
En el amanecer de los tiempos, los dioses controlaban todos y cada uno de los aspectos de la vida de los hombres. Un buen día, la diosa de la pereza, cansada de tener que decidir sobre el destino de tantas vidas, cedió todo su poder a los hombres. Así, pensó, tendría más tiempo para ella. Aunque en realidad, nadie, jamás, le conoció ninguna otra ocupación. Poco tiempo después, la diosa de la envidia, viendo la buena vida que se daba la pereza, pensó que ella también tenía derecho a llevar ese tipo de vida. Cedió su poder a los hombres, y fue a sentarse junto a la pereza. La observaría de cerca, ya que estaba claro que tenía buenas ideas, prosperaba, había conseguido distinguirse del resto de los dioses. Haría lo mismo que ella hiciese, aunque en apariencia no parecía hacer nunca nada. La diosa de la soberbia pasaba cada día por delante de las otras dos diosas. Y aunque siempre las saludaba, nunca obtenía respuesta. La pereza opinaba que no merecía la pena devolver el saludo, ya que al fin y al cabo volvería a verla al día siguiente. Y la envidia estaba tan pendiente de lo que hacía la pereza, que ni siquiera se daba cuenta de que la saludaban. Al final, la soberbia pensó que lo que en realidad ocurría es que la miraban por encima del hombro, porque ella se pasaba el día trabajando y las otras no. Por eso no le devolvían el saludo. Incapaz de soportar tal muestra de menosprecio, decidió demostrarles que ella también podía dejar su trabajo cuando quisiera. Cedió su poder a los hombres, y fue a sentarse junto a ellas. No movería un sólo dedo hasta que no lo hicieran las otras. ¡Faltaría más! Con el transcurrir de los días, la diosa de la avaricia empezó a mirar con recelo al trío de diosas aparentemente ociosas. Al principio no le había dado mayor importancia. Incluso se alegró. Si esas tres no querían nada, mejor, más habría para ella, fuera lo que fuese. Pero al poco tiempo se dio cuenta de lo que realmente estaba pasando. Esas tres arpías estaban en realidad dedicándose a acaparar enormes cantidades de tiempo libre. No había otra explicación posible. Se harían con el monopolio del tiempo libre disponible. Delante de sus propias narices. Intolerable. Tenía que actuar rápidamente. Y se puso a pensar. Si ella también cedía su poder a los hombres, entonces dispondría de mucho tiempo libre y podría acumular una cantidad igual o mayor de tiempo que las otras tres. La idea de desprenderse de algo suyo, su poder, la mortificaba, pero se convenció a si misma del enorme potencial que representaría disponer de ingentes cantidades de tiempo libre y fue rápidamente a sentarse junto a las otras diosas. Le llevaban algunos días de ventaja, así que tendría que permanecer allí ociosa mucho más tiempo que ellas para ponerse a su altura, e incluso superarlas. Enterada de todos estos acontecimientos, la diosa de la ira fue a pedir explicaciones. ¿Quienes se habían creído que eran esas para adoptar aquella actitud? Airada como estaba, se fue calentando y subiendo el tono de su voz a medida que pedía cuentas a la diosa de la pereza. Pero esta última no le dio la mayor importancia. Sabía que la ira andaba siempre todo el día malhumorada. Aquella sería una de sus habituales rabietas. Ya se le pasaría. No se molestó en abrir la boca para rebatir ninguno de sus argumentos. Aquella actitud de la pereza consiguió que la ira se tornara cólera, y se encarase a voz en grito con la diosa de la envidia en busca de alguna respuesta. Aunque esta última no pareció ni siquiera darse cuenta de su presencia, totalmente pendiente como estaba de la pereza. La ira, claramente contrariada, cada vez más enfadada, se giró hacia la soberbia. Insultó, maldijo, bramó, e incluso blasfemó, en su mismísima cara. Pero la soberbia pensó que si las otras dos diosas no se habían molestado siquiera en responder, ella tampoco iba a rebajarse al nivel de aquella loca que parecía estar a punto de echar espuma por la boca. Y no dijo ni una sola palabra. Con el rostro totalmente enrojecido, los ojos fuera de sus órbitas, y el vapor a punto de salírsele por las orejas, la ira descargó contra la diosa de la avaricia toda la colección completa de las palabras más envenenadas que jamás hayan sido pronunciadas. Pero tampoco obtuvo respuesta. La avaricia pensaba que si se ponía a discutir con la ira perdería algo de tiempo, e iba ya muy retrasada con respecto a las otras diosas. Así que tampoco abrió la boca. La ira estaba totalmente fuera de sí, nadie antes jamás había sido capaz de permanecer impasible ante uno de sus ataques. En su paroxismo, imaginó que lo que debía estar ocurriendo es que aquellas otras diosas estaban tan enfadadas con ella que ni siquiera le dirigían la palabra. ¡Pues menuda era ella cuando se enfadaba! Esas otras diosas no iban a ganarle en lo que mejor sabía hacer. De eso podían estar bien seguras. Su enfado sería mucho mayor y más prolongado que el del resto. No se le pasaría hasta que se le pasara al resto. Ella tampoco estaba dispuesta a dirigirles la palabra a ninguna de ellas. Y se sentó junto a las otras diosas, cediendo así su poder a los hombres. Una mañana temprano, la diosa de la lujuria, que regresaba de una de sus habituales salidas nocturnas, pasó por el lugar donde se encontraban sentadas las diosas. Tal fue el impacto que le produjo la escena que contemplaban sus ojos que casi se queda sin respiración. No podía apartar la mirada de ninguna de ellas. Se sentía incapaz de centrarse en una sola. Su vista saltaba de una a otra continuamente. Todas tenían cuerpos de diosas, como ella misma al fin al cabo, y si bien aquello ya de por sí representaba todo un espectáculo digno de ser contemplado, lo que realmente la tenía embelesada era que todas ellas lucían en su mayor esplendor, como nunca antes las había visto. Jamás la diosa de la pereza mostró un rostro tan relajado, una mirada tan perdida en un infinito carente de todo propósito, ni un cuerpo tan laxo, sin rastro del más mínimo consumo de energía. Al mirarla, la lujuria veía en ella personificada la actitud del ser totalmente pasivo sobre el que poder dar rienda suelta a todos los actos que la imaginación pudiera idear. Y la imaginación de la lujuria era grande. Y que decir de la diosa de la envidia, totalmente consumida, más hueso que carne, más pendiente de la pereza que de si misma, con sus grandes pupilas dilatadas, y sus manos, prácticamente nudillos ya, de tan apretados que tenía los puños. Presa de un sentimiento incontrolable que la dominaba, un ser consumido por un deseo que debía satisfacer continuamente a costa de todo. La lujuria conocía bien esa sensación, ansiaba encontrar con quien compartirla. Y a su lado, la diosa de la soberbia. Jamás una cabeza se mostró tan erguida, un mentón tan prominente, una mirada irradió tanta superioridad, un cuerpo se antojó tan inaccesible. La representación misma del deseo inalcanzable. La lujuria sabía que más placentera resultaba la recompensa cuanto más difícil resultaba de alcanzar. Y no menos sugerente le resultaba en esos momentos la diosa de la avaricia. Con sus manos calientes, por su continuo frotar compulsivo, las fosas nasales ensanchadas, por la respiración acelerada, y los ojos muy abiertos, intentando abarcar más de lo que ellos cabía. La lujuria la observaba de la misma forma que se observaba a si misma cuando el deseo le sobrevenía y nada parecía ser capaz de saciarlo. Y por último, la diosa de la ira. Un simple mortal sólo habría advertido en ella un rostro desencajado por una mueca forzada y una tez que se tornaba violácea por la falta de aire, pero la lujuria percibió el deseo de lo extremo, la necesidad imperiosa de llevar las circunstancias a su límite, sin una razón aparente, sólo para experimentar ese estado una y otra vez. Extasiada, la lujuria no podía dejar de recrearse en la perfección que la rodeaba y dejarse llevar por las sensaciones que recorrían todo su ser. Concluyó que renunciar a su poder había hecho que aquellas diosas se mostrarán tal y como eran de verdad, en su estado más puro. En consecuencia, cedió también su poder a los hombres, y se sentó con ellas, sabedora que así, gracias a la contemplación permanente de aquellas otras diosas, gozaría de su máximo esplendor. La diosa de la gula fue la última en llegar. Siempre parecía andar muy atareada de un lado a otro organizando festines. No había ocasión que a su juicio no mereciese celebración. Siempre encontraba un buen motivo para ir a echar un trago o sentarse a hacer una comida copiosa. Nadie recordaba haberla visto nunca excusarse antes de los postres. Cuando se topó con aquel grupo de diosas reunidas sin motivo aparente, ya que ni siquiera parecían hablarse las unas con las otras, no tuvo dudas. Era el momento ideal para celebrar un banquete aprovechando que estaban todas allí reunidas. Preparó sus mejores manjares. Platos exquisitos, imaginativos, con los mejores ingredientes, con la más cuidada elaboración, con las presentaciones más originales, un auténtico e irresistible placer para los sentidos. Su decepción fue enorme. Ninguna de las invitadas mostró el más mínimo interés por nada de lo que les servía. La pereza, que siempre tomaba el plato del día para evitar tener que leerse el menú, era incapaz de elegir entre tanto plato suculento puesto delante de sus ojos. La envidia solía pedir lo mismo que los demás, pero tan pendiente estaba de la pereza, que como esta no tomó nada, ella tampoco lo hizo. La soberbia sólo tomaba platos exclusivos en los más selectos reservados, y le costaba un mundo compartir mantel. De hecho, nadie recordaba haberla visto comer sentada a la mesa con otros. La avaricia tenía un carácter similar a la gula, se llevaban bien, no se hartaban nunca la una de la otra, pero desde que se había sentado a acumular tiempo libre le habían salido dos competidoras más, estaba claro que aquello era un buen negocio, y no pensaba perder el tiempo comiendo. La ira comería cuando a ella le viniera en gana, de eso podían estar todos bien seguro. Cuando se le hinchaba de esa forma la vena del cuello era mejor no acercarse a ella. La gula supo que la lujuria era su última esperanza para animar la reunión. Tampoco había probado bocado, pero era una amante confesa de los excesos, como ella misma, sería fácil tentarla. No obstante, de forma incomprensible, un deseo atroz azotó todo su ser sólo con mirarla, lucía absolutamente espléndida. Para apagar su recién encendido apetito devoró toda vianda que se encontraba al alcance de su mano. Puede que sus comensales no supieran apreciarlas, pero ella las encontraba irresistibles. De pronto le asaltó la duda. Sus platos no gustaban. Probó todos y cada uno de los manjares que había servido para comprobar que estaban en su justo punto. Y cuando terminó con ellos, fue a por más. Auténticas maravillas culinarias desfilaron aquel día por unas mesas que se antojaban interminables. Tentó los estómagos de aquellas diosas de todas las formas posibles. Con especias inverosímiles. Combinaciones nunca jamás imaginadas de colores, olores, texturas y sabores. Todo fue inútil. Sintió miedo. Lo calmó ingiriendo más comida. Devoró sola todas aquellas fantasías culinarias. Y volvió a preparar más, buscando la receta que la reconciliara. Sin descanso. Finalmente, el pánico se apoderó de ella. Su abotargado ser, saciado hasta el extremo, simplemente, enloqueció. En su delirio, imaginó que el resto de diosas ya habrían comido antes de que ella llegara, y no tenían más apetito. Sí, eso debía ser. ¿Pero qué alimento? ¿Qué maná podía haberles hartado de esa forma que ni hablar podían ya? ¿Que suculencia habrían probado que les hacía rechazar cualquier otra exquisitez que se les ofreciese después? Tenía que averiguarlo a toda costa. Tenía que probarlo. Un bocado más. Esperaría a que las diosas volvieran a comer. Y se quedó allí sentada, a la espera, sin poder alguno ya. Y así, los hombres se convirtieron en dioses. ¿No encontró lo que buscaba?Utilice el buscador para encontrar más páginas en esta web o en toda Internet. |